El desperdicio


El desperdicio

1
¡Me encomiendo yo a Baco, a Baco me encomiendo!
Me la ha jugado buena mi amigo el tabernero.
De su negocio fui yo la piedra angular.
Cuando me vio sin blanca, el muy cerdo, el muy borde
me echó con un gruñido: “¡Al diablo con los pobres!”
¡Qué más da!, ¡era una taberna peculiar!
2
Un vagabundo, al verme borracho perdido,
creyendo que ya había dejado de estar vivo
(¿qué habrías hecho tú?), me empezó a descalzar.
Visto el penoso estado de mis zapatos,
no sé si va a encontrar su camino a Damasco.
¡Qué más da!, ¡era un pelagatos peculiar!
3
Cierto estudiante, al ver de noche mis harapos,
me robó la camisa, pensando “¡qué regalo!”,
pero si, a plena luz, no quiere escarmentar,
lo compadezco por pensar que es la camisa
de algún hombre feliz, casi muerto de risa.
¡Qué más da!, ¡era un estudiante peculiar!

4
Me birló el pantalón la esposa de un obrero.
“¡Eso, señora, no!, me han dado en el trasero
tantas patadas que, el día que querrá
ponérselo el marido, por Dios, se lo aseguro,
bien pronto sentirá que se le hiela el culo.”
¡Qué más da!, ¡era una consorte peculiar!

Morteza Katouzian, En la calle

5
Y allí estaba, desnudo bajo los soportales,
mostrando a todo el mundo mis pobres genitales,
cuando una pelandusca, volviendo de currar,
una que cada día se zampa una docena,
corrió a gritar: “¡Alarma, hay una cosa obscena!”
¡Qué más da!, ¡era una tusona peculiar!
6
El brazo de la ley llegó y, muy alarmado,
en cuanto que me vio, gritó: “¡Truenos y rayos!
¡Estamos en enero y te vas a resfriar!”
Temiendo que pillara yo allí una pulmonía,
el hombre me abrigó bien con su gabardina,
¡Qué más da!, ¡era un policía peculiar!
7
Y después de aquel día, yo, el fiero, yo, el bocazas,
cuyo grito de guerra era: “¡Muera la pasma!”,
ni una sola vez más lo he podido exclamar.
Cada vez que lo intento, mi lengua vergonzosa
se traba torpemente en la boca pastosa.
¡Qué más da!, ¡vivimos un tiempo peculiar!