Las aves de paso


¡Oh, vida grata del burgués! Si abril rebrota
o si en diciembre hiela, él se siente feliz.
El palomo tan solo arrulla a su paloma
tres días, porque sabe que amar fue siempre así.

Los pavos y los gallos aceptan su destino.
Cuando llega el momento de morir, hay que ver
a las ocas aún tiernas llorando: “aquí he nacido;
muero junto a mi madre, cumpliendo mi deber.”

Cumplir con su deber quiere decir que nunca
han soñado imposibles ni tuvieron jamás
un anhelo de luna, ni un sueño de falúa
bajando por un río en busca del azar.

Y todos son igual. Viven la misma vida
de siempre, y para ellos eso no es nada atroz.
Los patos solo tienen un pico y nunca aspiran
a no tener ninguno o bien a tener dos.

No sienten el deseo de besarse en los labios,
lejos de sueños vanos, de medrar, de aprender.
Tienen por corazón un gélido artefacto,
reloj garantizado por nueve años o diez.

¡Oh, gente tan feliz! De pronto, en el espacio
tan alto, casi quieto, un bando singular,
como punta de flecha, planea y va pasando.
¡Tan lejos de este suelo!, ¿qué son?, ¿adónde van?

¡Miradlos cuando pasan! Ellos son los salvajes
que van donde el deseo los lleva: por el mar,
por el monte, los bosques, los vientos…, sin anclajes.
El aire que ellos beben no podréis respirar.

¡Miradlos! Cuando van en busca del prodigio,
más de uno, el ala rota, morirá. Ellos también,
como las pobres gentes, tienen mujer e hijos,
y, al igual que vosotros, los saben proteger.

Para cuidar del hijo o de la madre enferma
pueden mudarse en aves de corral, como tú.
Pero, ante todo, son hijos de la quimera,
son locos, son poetas, sedientos de la luz.

¡Miradlos!, viejo gallo, joven oca, polluelo,
tan alto como ellos ninguno volaréis.
Y lo poco que os toque de ellos será su estiércol.
Los burgueses se irritan cuando pasa esta grey. (bis)