El descreído


El descreído

Acaso en estos tiempos no haya nada peor,
nada más lastimoso que no creer en Dios.

Quien tuviera la fe, la fe de un sacristán,
que es feliz como un rey y bobo, mucho más!

Mi vecino de arriba, de nombre Blas Pascal,
me dio un consejo digno de amigo leal:

“Póstrate de rodillas, no pares de rezar,
haz como si creyeras y pronto creerás.”

Me puse a desgranar, con otros de la grey,
Ave Marías, Credos y cientos de Amén.

En la calle, el café, el metro, el autobús,
cientos de de profundis y de …vobis cum.

En estas me encontré, colgada de un candil,
una vieja sotana y me travestí.

Yo mismo me rapé la tonsura y, después,
salí con mi guitarra en busca de la fe.

Unas beatas que me topé por azar,
tomándome por otro, me dijeron: “¡Va!,

Desconocido, El cura sin cabeza 

buen padre, cántenos un himno religio-
so de su repertorio, una pía canción.

Rascando con fervor las cuerdas en un Mi,
yo les canté “El gorila” y “Puta de ti”.

Al grito de impostor, hipócrita, traidor,
quisieron aplicarme pena de capón.

Iré a juntarme con los mudos del harén,
ya no vendrán a verme mis novias de ayer.

Con mi atiplada voz, voy a ser el mejor
entre los niños del coro de la Pasión.

Viéndolo una mujer, Dama de Caridad,
les dijo: “no hagáis eso, ¡qué barbaridad!

Hay tantos hombres hoy con un vivo interés
en tomar a Cupido justo del revés.

Tantos privados de su atractivo viril…
Al pobre que aún lo tiene no le hagáis sufrir”.

Su arenga les causó una gran impresión
y me dejaron libre con una ovación.

Por la senda de Dios no doy ni un paso más.
La fe vendrá ella sola, si no, ¡qué más da!

Nunca he matado yo ni he violado jamás,
y hace ya mucho que dejé lo de robar.

Si es que existe ese Dios Eterno, podrá ver
que no me porto mal, aunque no tenga fe.

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