*La leyenda de la monja


La leyenda de la monja

1
Volved los ojos, si aún os brillan,
y escuchad otra historia más,
la historia de doña Padilla
del Flor. ¡Va, venid para acá!
En Alange estaba su casa
entre montes de bosque ruin.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil

2
Hay muchas chicas en Granada
y en Sevilla las hay también,
que después de una serenata
en amor truecan su desdén.
Y las hay que tal vez abrazan
por la noche a su paladín.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil.
3
No hay que hablar de doña Padilla
con desdén o frivolidad,
porque jamás otra pupila
brilló con tanta honestidad.
Ella huía de los que engañan
a las chicas tras un jazmín.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil

J.J. Lequeu, Et nous aussi
nous ferons mères, car…!

4
Con gran disgusto entre las gentes
en Toledo hizo profesión,
como si se compadeciese
no ser fea y unirse a Dios.
Fue milagro que no lloraran
un soldado y un galopín.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil
5
La bella, apenas pisó el claustro,
abrió al amor su corazón,
y un bravucón de aquellos pagos
entró a decirle “¡aquí estoy yo!”.
Los bandidos a veces ganan
en audacia a quien no es tan vil.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil.

6
Él era feo y desabrido,
el gesto duro de felón,
pero Amor obra sin sentido
y la monja se enamoró,
Como las ciervas que remplazan
bellos ciervos por jabalís.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil.

7
Dice la historia que la monja
le dio una cita a aquel rufián,
de noche, cuando entre las sombras,
los cuervos graznan sin cesar,
en la iglesia junto a la entrada,
a los pies de santa Beatriz.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil.
8
Y, cuando por la nave entraba,
llamó la monja a su bribón,
en vez de la voz esperada
un relámpago respondió.
Quiso Dios que, por dar sus almas
a Satán, murieran así.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil.

9
Para librar de la deshonra
a las que quieren profesar
la historia de la mala monja
quiso San Ildefonso, abad,
que los clérigos la contaran
por los claustros de aquel país.
Guardaos de los toros que pasan,
esconded el rojo mandil

Ilustración de Gibrat para
“La leyenda de la monja”